El cuerpo corrige la arquitectura: descanso, affordances y posiciones imposibles

Manual de poses para dormir · 2/4

Una banca sirve para sentarse.

Una jardinera sirve para contener plantas.

Una columna sostiene una estructura.

Una cortina metálica cierra un comercio.

Hasta que aparece un cuerpo cansado.

Entonces las funciones se vuelven negociables.

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El cuerpo no lee las instrucciones del diseñador

En la segunda página de Manual de poses para dormir aparece una formulación que prácticamente contiene todo el proyecto: la arquitectura y los objetos moldean nuestros cuerpos, pero nosotros también nos adaptamos e innovamos hasta llevar al absurdo la funcionalidad de los espacios.

La frase desplaza el problema desde el objeto hacia la relación.

Una banca no es solamente una banca por su forma. Se vuelve banca porque un cuerpo puede sentarse en ella. Un borde puede no haber sido diseñado como asiento y, sin embargo, terminar siendo usado como tal. Una superficie baja, firme y suficientemente amplia puede invitar al cuerpo a apoyarse aunque su ficha técnica diga otra cosa.

Ese tipo de relación fue central en la teoría de las affordances de James J. Gibson. Simplificando mucho, una affordance es una posibilidad de acción que emerge de la relación entre un entorno y quien lo percibe. Una superficie puede “ofrecer” sentarse si su forma, altura y resistencia guardan una relación adecuada con el cuerpo.

No se trata solo de propiedades abstractas del objeto.

Se trata de lo que un cuerpo puede hacer con él.

Una ciudad llena de usos no autorizados

Visto desde ahí, las imágenes del Manual son ejercicios de affordances llevados a la exageración.

La jardinera ofrece una curva donde acurrucarse.

La cortina ofrece un plano vertical contra el cual apilar cuerpos.

El concreto ofrece una superficie horizontal suficientemente ancha para acostarse.

El tubo del vagón ofrece una estructura a la que puede adherirse un torso somnoliento.

El proyecto pregunta:

¿hasta dónde podemos ampliar las posibilidades de un objeto antes de que su uso empiece a parecer ridículo?

La respuesta gráfica es deliberadamente exagerada, pero el mecanismo es cotidiano. Todos reinterpretamos objetos constantemente: una chamarra se vuelve almohada, una mochila se vuelve respaldo, un escalón se vuelve asiento, una pared se vuelve soporte, una rodilla se vuelve mesa.

El cuerpo improvisa porque la necesidad siempre tiene más imaginación que el mobiliario.

Diseño, conducta y control

Pero el espacio público no solo ofrece posibilidades. También puede intentar restringirlas.

En los últimos años, la discusión sobre arquitectura hostil, defensiva o excluyente ha hecho visible algo que antes podía pasar inadvertido: un objeto urbano puede diseñarse específicamente para desalentar ciertas conductas. Bancas divididas por apoyabrazos, superficies inclinadas, elementos que impiden recostarse o dispositivos que dificultan permanecer demasiado tiempo son ejemplos ampliamente estudiados.

Conviene no confundir todo mobiliario incómodo con arquitectura hostil. Un asiento puede ser malo sin haber sido diseñado para excluir. Pero la discusión resulta útil porque revela una verdad más amplia:

La arquitectura nunca es completamente neutral respecto al cuerpo. Permite algunas acciones, dificulta otras y, en ocasiones, intenta prohibirlas.

El Manual responde con una desobediencia imposible

Las figuras dibujadas hacen exactamente lo contrario de un diseño disciplinario.

Si una superficie parece impedir el descanso, el dibujo inventa una postura todavía más improbable.

Si un espacio es demasiado estrecho para acostarse, el cuerpo se pliega.

Si no existe una cama, se fabrica una con dos rodillas, una pared y un poco de resignación.

La sátira aparece como una especie de desobediencia ergonómica.

El cuerpo no destruye la arquitectura.

La malinterpreta deliberadamente.

Y en esa mala lectura descubre hasta qué punto el diseño presupone un usuario ideal: despierto, productivo, temporal, obediente, capaz de mantenerse sentado, de pie o en movimiento según lo previsto.

¿Quién es el usuario correcto?

Todo objeto diseñado contiene, de manera explícita o implícita, una idea de usuario.

La altura de una mesa supone un cuerpo.

La inclinación de un respaldo supone una postura.

La anchura de un torniquete supone una manera de atravesarlo.

El tiempo de un semáforo supone una velocidad peatonal.

El Manual introduce un usuario que incomoda esas suposiciones: el cuerpo exhausto.

Ese cuerpo no pregunta para qué fue diseñado el objeto.

Pregunta si puede sostenerlo durante cinco minutos.

La diferencia es política.

Una ciudad puede funcionar muy bien para circular y muy mal para detenerse.

Puede ser eficiente para transportar trabajadores y hostil para permitir que descansen.

Puede contener miles de asientos y, aun así, no ofrecer verdadero reposo.

La postura como crítica de diseño

Esto permite leer cada dibujo como una pequeña crítica de diseño.

No porque proponga soluciones correctas, sino porque evidencia una ausencia mediante una solución incorrecta.

La persona enrollada en una jardinera no está proponiendo una nueva tipología de cama urbana.

Está mostrando que la necesidad de descanso puede ser tan fuerte que cualquier forma empieza a evaluarse desde esa posibilidad.

La figura apilada contra una cortina metálica no pretende convertirse en modelo ergonómico.

Hace visible lo absurdo de imaginar que el cuerpo siempre puede permanecer dentro de las posiciones que la ciudad le asigna.

La arquitectura moldea al cuerpo; el cuerpo devuelve el golpe

Hay una ida y vuelta constante.

El espacio obliga al cuerpo a doblarse.

El cuerpo modifica la lectura del espacio.

El banco produce una postura.

La postura revela un nuevo banco posible.

La arquitectura intenta imponer una función.

El cansancio la desobedece.

Este intercambio es probablemente el núcleo visual más fuerte de Manual de poses para dormir.

No estamos viendo figuras colocadas arbitrariamente sobre fotografías.

Estamos viendo una coreografía entre geometrías urbanas y anatomías agotadas.

¿Y si el problema no fuera la postura?

La sátira del proyecto funciona porque aparenta resolver la pregunta equivocada.

Pregunta:

“¿cuál es la mejor postura para dormir aquí?”

Cuando quizá la pregunta real debería ser:

“¿por qué necesitas dormir aquí?”

El manual se vuelve crítico porque insiste en ofrecer soluciones corporales a problemas estructurales.

Y eso es precisamente lo absurdo.

Podemos perfeccionar indefinidamente la postura.

Pero ninguna postura resuelve jornadas excesivas, traslados interminables, falta de tiempo propio o una ciudad donde detenerse parece una anomalía.

En la siguiente entrega volveremos al espacio de tránsito por excelencia de esta serie: el metro. Allí retomaremos a Marc Augé y la idea de los no lugares para pensar qué significa que una actividad tan íntima como dormir ocurra entre desconocidos, señalizaciones y trayectos anónimos.

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