La mosca después del símbolo: materia, cadáver y persistencia en el arte contemporáneo

    En la historia del arte, la mosca cargó durante siglos con una función bastante precisa: interrumpir la imagen, insinuar la corrupción, recordarnos el tiempo o poner a prueba la destreza del pintor. Pero en el arte contemporáneo ocurre algo más radical. La mosca ya no necesita ser únicamente representada. Puede aparecer como cuerpo real, como resto, como enjambre, como huella material o como agente activo dentro de la obra. Ahí comienza una verdadera resignificación: la mosca deja de ser solo signo de algo y se convierte en parte del problema físico de la pieza.


Ese cambio importa mucho. En los ejemplos antiguos, la mosca seguía estando sometida a la representación: era pintada, escrita, narrada. En el arte contemporáneo, en cambio, aparece con frecuencia en un régimen distinto, donde la obra ya no se conforma con hablar de muerte, suciedad, culpa o decadencia, sino que incorpora materiales y procesos que hacen esas ideas literalmente presentes. No estamos solo ante una imagen de lo orgánico: estamos ante lo orgánico entrando al museo.

Uno de los casos más conocidos es Damien Hirst. El Tate describe A Thousand Years ("mil años") como una obra donde “el ciclo de la vida” está representado mediante una cabeza de vaca, moscas y un insectocutor. La pieza no se limita a mostrar muerte construye un sistema donde nacimiento, alimentación, desplazamiento y aniquilación forman parte del mismo circuito visible. La mosca ya no funciona ahí como pequeño detalle simbólico, sino como componente real de una maquinaria biológica y conceptual.



Eso vuelve especialmente interesante el lugar de Hirst dentro de esta historia. Su trabajo con moscas no pasa solo por esa instalación, sino también por obras y series posteriores hechas con flies and resin on canvas ("moscas y resina en lienzo"), mostradas por Gagosian como parte de sus Fly Paintings ("pintura de moscas"). En esos casos, la mosca deja de estar “sobre” la pintura como en la vieja musca depicta y pasa a estar incorporada dentro de la superficie misma de la obra. Es un desplazamiento fuerte: del insecto como ilusión al insecto como materia adherida, fijada, casi fosilizada.

Aquí conviene hacer una precisión útil: el cráneo más famoso de Hirst no es uno “de moscas”, sino For the Love of God ("Por amor a Dios" 2007), un cráneo de platino incrustado con diamantes. Sí existe, en cambio, una presencia sostenida de moscas, insectos y restos entomológicos en distintas zonas de su obra, junto con una insistencia paralela en el cráneo como emblema de mortalidad. Lo interesante no es confundir ambas cosas, sino notar que Hirst trabaja una y otra vez en esa vecindad entre brillo, muerte, reliquia y repulsión.


Lo que hace el arte contemporáneo con la mosca no se reduce, sin embargo, a Hirst. Un caso decisivo desde otro registro es Zhang Huan y su performance 12 Square Meters (" 12 metros cuadrados" 1994). El Guggenheim resume la acción de forma brutal y precisa: el artista se cubrió de miel y aceite de pescado para atraer enjambres de moscas mientras permanecía inmóvil en un baño público sucio. Aquí la mosca deja de ser objeto contemplado y se convierte en experiencia corporal extrema. Ya no está en el cuadro ni en la vitrina: está sobre la piel, como invasión real del cuerpo y del espacio social.


La diferencia entre Hirst y Zhang Huan es muy reveladora. En Hirst, la mosca entra a una estructura casi de laboratorio: hay control, encierro, circulación, observación. En Zhang Huan, la mosca aparece en un contexto de precariedad, suciedad urbana y resistencia física. En un caso, el espectador contempla un sistema; en el otro, casi siente una agresión. Pero ambos comparten algo fundamental: la mosca deja de ser un motivo ornamental o secundario y se vuelve una fuerza que reorganiza la relación entre obra, cuerpo y espectador.

Esa reorganización cambia también el modo en que pensamos la belleza. La tradición clásica tendía a separar con relativa claridad lo elevado de lo abyecto. El arte contemporáneo, en cambio, ha insistido muchas veces en borrar esa frontera o al menos volverla inestable. La mosca resulta ideal para ello porque trae consigo casi todo lo que la sensibilidad higiénica moderna quisiera mantener afuera: desecho, contaminación, contacto con la carne, insistencia sobre lo no limpio. Cuando entra a la obra, obliga al espectador a admitir que lo desagradable también puede ser forma, pensamiento y construcción estética.

También hay en esta resignificación una dimensión de archivo y de resto. Una mosca adherida en resina, montada en superficie o incorporada a una instalación ya no es simplemente un insecto: es un cadáver mínimo preservado, un fragmento de vida convertido en materia de exhibición. Eso la acerca, de un modo extraño, a la reliquia. Lo que antes era signo de descomposición se vuelve objeto de conservación. La mosca ya no anuncia solo que algo muere; ella misma comparece como una pequeña muerte incorporada a la duración museística.

Ahí la resignificación se vuelve más compleja. El arte contemporáneo no “redime” a la mosca en el sentido de volverla amable o decorativa. Tampoco la limpia de su carga de asco. Más bien hace algo más incómodo: utiliza precisamente esa carga para pensar de otra forma la relación entre vida y muerte, entre repulsión y fascinación, entre lo efímero y lo conservado. La mosca no pierde su condición molesta; esa condición se vuelve productiva.

Quizá por eso la mosca sigue siendo una figura tan eficaz dentro de ciertas prácticas contemporáneas. Porque no permite una contemplación del todo serena. Obliga a mirar sabiendo que hay algo ahí que normalmente apartaríamos. Y en esa obligación hay una crítica muy fuerte a nuestras jerarquías perceptivas: ¿por qué ciertos materiales parecen dignos de museo y otros no? ¿Qué pasa cuando el arte no representa la descomposición, sino que trabaja con ella, la organiza o la encierra? ¿En qué momento una plaga se vuelve imagen, una imagen se vuelve resto y un resto se vuelve obra?.

Vista desde toda la serie, la trayectoria de la mosca resulta sorprendente. En Luciano era una prueba de ingenio retórico. En la pintura, un detalle capaz de tensar ilusión y corrupción. En cine, literatura y teatro, una forma de culpa, obsesión o metamorfosis. En el arte contemporáneo, finalmente, la mosca se aproxima a otra condición: la de material que no solo representa una idea, sino que la encarna físicamente. Ya no está ahí para ilustrar la muerte desde lejos. Está ahí como resto vivo o muerto dentro del dispositivo artístico. Y quizá en eso consiste su resignificación más potente: en haber pasado de emblema incómodo a presencia material imposible de neutralizar.

Comentarios

Entradas populares