Cansancio y precariedad laboral: cuerpos dormidos en el transporte público

Humo · 2/4

Hay una imagen urbana tan frecuente que, por repetición, corre el riesgo de volverse invisible: alguien dormido en el transporte público. Una cabeza que cae. Un cuerpo que se recarga contra la ventana. Un brazo cruzado como si intentara retener algo de equilibrio. Una persona que cabecea de pie, aferrada a un tubo. Otra que parece hundirse en su propio torso durante unos minutos de trayecto.

No se trata de un descanso pleno. Se trata de una forma de supervivencia.

La serie Humo parte justamente de esa observación: los cuerpos no duermen ahí porque ese sea el lugar natural del sueño, sino porque la organización del tiempo y del trabajo los empuja a improvisar descanso en espacios que no fueron hechos para ello.

Obra de la serie Humo: sombra de un cuerpo dormido apoyado en una estructura
En Humo el cuerpo no aparece como pose, sino como vencimiento. La estructura lo sostiene mientras el sueño lo desarticula.

La precariedad no se mide solo en salario

Cuando se habla de precariedad laboral, muchas veces la conversación se reduce a contratos inestables, sueldos bajos o falta de prestaciones. Todo eso importa, por supuesto. Pero hay otra dimensión igual de decisiva y mucho más encarnada: el desgaste cotidiano del cuerpo.

Horas de traslado, tiempos de espera, cambios de transporte, jornadas extensas, fragmentación del día, ansiedad por llegar, falta de sueño acumulada, dobles trabajos, trabajo informal o trabajo doméstico no remunerado: todo eso compone una economía del cansancio. La precariedad no solo disminuye ingresos. También captura tiempo vital.

Y cuando el tiempo empieza a faltar, el cuerpo encuentra maneras precarias de administrarse. Come de pie. Descansa a medias. Se adapta a ritmos que no eligió. Aprende a dormir en ráfagas.

Dormir donde se puede

El sueño en tránsito no es una imagen anecdótica ni pintoresca. Es una prueba concreta de que el descanso se ha desplazado fuera de los espacios pensados para él. La cama ya no alcanza. La noche ya no basta. El hogar deja de ser el único sitio del reposo. Entonces aparecen descansos intermedios, mínimos, interrumpidos.

El metro, el camión o el microbús se convierten en una extensión involuntaria del dormitorio, aunque un dormitorio hostil: con ruido, vigilancia, sacudidas, trayectos inciertos, cuerpos ajenos, miedo al robo, necesidad de no perder la estación y una permanente tensión entre abandono y alerta.

Por eso resulta importante hablar de sueño involuntario. No siempre se decide dormir. A veces el sueño toma al cuerpo por asalto. El cansancio vence antes de que la persona pueda sostener completamente la atención. La cabeza cae. Los párpados pesan. El trayecto produce una pequeña rendición.

Una intimidad forzada en espacio público

Hay algo profundamente contradictorio en estas escenas. Dormir suele ser una de las acciones más íntimas que existen. Supone bajar defensas, retirarse del mundo inmediato, perder parte del control y exponerse a la vulnerabilidad. En el transporte público, sin embargo, esa intimidad sucede frente a desconocidos.

Quien duerme ahí no se encuentra realmente protegido. Más bien se arriesga porque el cuerpo ya no puede sostener del todo la vigilancia. Esa mezcla entre exposición y repliegue es clave para leer Humo. Las figuras de la serie nunca descansan con plenitud. Descansan como pueden, dentro de una infraestructura fría que las soporta apenas.

El fumage permite traducir esa condición de una manera precisa. El cuerpo no se presenta delimitado ni estable, porque el sueño en tránsito tampoco lo está. Las manchas parecen anunciar una figura que se está desarmando un poco: la postura pierde firmeza, el rostro se borra, los bordes se confunden con el entorno.

El cuerpo como superficie de desgaste

En una lógica productivista, el cuerpo suele entenderse como recurso: tiene que rendir, llegar, cumplir, cargar, responder. Pero toda exigencia deja una marca. El cansancio es una de las formas más visibles —y a la vez más normalizadas— de esa marca. No aparece solo al final del día. Se instala como fondo permanente.

Por eso estas piezas no muestran “personas descansando”, sino cuerpos agotados. La diferencia es importante. Descansar implica recuperación. Estar agotado implica haber sobrepasado un límite, incluso si todavía se sigue en movimiento.

Las posturas registradas en la serie hablan de ese exceso: cuerpos encogidos, troncos vencidos, cabezas suspendidas, apoyos improvisados. El transporte no corrige el desgaste; simplemente lo contiene durante unos minutos.

Ver sin romantizar

Existe siempre el riesgo de romantizar estas imágenes y convertir el cansancio urbano en una especie de melancolía estética. Humo intenta ir en otra dirección. No idealiza la escena. No la convierte en símbolo puro de recogimiento. La muestra como un estado ambiguo: vulnerable, repetido, estructural.

La belleza de la mancha, si aparece, no cancela la dureza de lo que está registrando.

Incluso podría decirse que el interés formal de la serie depende de ese conflicto. El humo genera imágenes delicadas, veladas, espectrales; pero aquello que esas imágenes hacen visible es una condición social concreta: la imposibilidad de separar del todo trabajo, ciudad y agotamiento.

El sueño como resto de tiempo propio

Hay otra lectura posible que vuelve todavía más complejo el asunto. Dormirse en el trayecto no es solo un síntoma de explotación del tiempo; también puede entenderse como un pequeño gesto de recuperación. El cuerpo roba minutos a una jornada que se los había absorbido. Se desconecta un instante de la circulación productiva.

No es una resistencia heroica. No resuelve nada. Pero marca un límite fisiológico: hasta aquí llegó la capacidad de sostenerse alerta.

Visto desde ahí, cada cabeceo también afirma algo elemental: el cuerpo no es una máquina infinitamente disponible. Tarde o temprano exige descanso, incluso en condiciones que no lo favorecen.

Por qué el humo sirve para hablar de esto

Porque el cansancio vuelve al cuerpo parcialmente opaco. Porque lo retira del foco sin desaparecerlo del todo. Porque el sueño en público produce figuras que parecen habitadas y ausentes al mismo tiempo. Porque la ciudad, en vez de acogerlas, apenas les presta superficies de apoyo.

El fumage no ilustra esta situación desde fuera: trabaja con una materia que se deposita como residuo, con una imagen que parece poder deshacerse, con una densidad que nunca termina de consolidarse. El humo se vuelve la técnica adecuada para un estado corporal que tampoco está completamente afirmado.

En el transporte público el cuerpo descansa sin descansar: se sostiene por inercia mientras el sueño le arranca unos minutos a la jornada.

En la próxima entrega la pregunta se desplazará del cuerpo hacia el espacio: ¿qué significa que estas escenas ocurran dentro del metro y otros ámbitos de tránsito? Para pensarlo entraremos en diálogo con la noción de no lugar propuesta por Marc Augé.


Proyecto relacionado: Precariedad laboral — Humo.

Referencias y derivas:

  • Discusión contemporánea sobre precariedad laboral como captura del tiempo y del cuerpo.
  • Escenas urbanas de sueño involuntario en transporte público.
  • Esteban Arzate, Precariedad laboral — Humo.

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