Geografías de la luz: papel, fiesta y cuerpos ligeros en América Latina

Arquitecturas de luz · 3/4

Después de recorrer los faroles tradicionales japoneses y observar cómo Isamu Noguchi llevó parte de esa inteligencia material hacia el territorio del diseño y la escultura, aparece una tentación inmediata: buscar en América Latina “nuestra versión” de la lámpara japonesa.

Pero esa búsqueda partiría de una pregunta equivocada.

No necesitamos encontrar un objeto latinoamericano que se parezca exactamente a un chōchin. Tampoco necesitamos demostrar una genealogía común donde quizá no existe. Lo que podemos buscar son parentescos materiales: maneras distintas de resolver problemas semejantes mediante papel, estructuras ligeras, luz, color, plegado, fiesta y participación colectiva.

¿Qué ocurre cuando dejamos de buscar copias formales y comenzamos a observar cómo distintas comunidades convierten materiales frágiles en cuerpos, señales y acontecimientos?

La comparación de este artículo no pretende afirmar un origen común.

Vamos a comparar tres cosas: cómo se construye un objeto, qué hace la luz dentro o alrededor de él y qué función social adquiere cuando sale al espacio colectivo.

Comparar sin inventar parentescos

Cuando dos culturas utilizan papel, bambú, carrizo, alambre o velas es fácil pensar que estamos frente a objetos equivalentes. Sin embargo, la semejanza de materiales no implica necesariamente una relación histórica directa.

Un farol japonés, un objeto festivo brasileño y una mojiganga mexicana pueden compartir ligereza o una estructura interna y, aun así, responder a historias, rituales y necesidades completamente diferentes.

Por eso nuestro método será más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente.

En cada caso preguntaremos:

  • ¿qué materiales sostienen el volumen?
  • ¿la luz se encuentra dentro, alrededor o en relación con el objeto?
  • ¿el objeto se contempla, se transporta, se cuelga o se habita?
  • ¿es una pieza individual o adquiere sentido al repetirse?
  • ¿qué relación establece con una fiesta, una memoria o una comunidad?

La intención no es construir una colección de curiosidades. Es ampliar nuestro vocabulario antes de diseñar.

Costa Rica: el farol como objeto cívico y pedagógico

En Costa Rica, el Desfile de Faroles se realiza cada 14 de septiembre como parte de las celebraciones de la Independencia. El Ministerio de Educación Pública sitúa la instauración de esta tradición en 1953 y la vincula con el relato de la noche previa a la independencia centroamericana de 1821, cuando Dolores Bedoya convocó a la población en Guatemala.

La particularidad que nos interesa no está solamente en que se utilicen faroles.

Está en quién los fabrica.

Niñas, niños, familias y comunidades educativas construyen sus propias piezas y después las llevan al espacio público. La luz no llega como un producto terminado adquirido para decorar una calle: muchas veces aparece después de una actividad manual y pedagógica.

El Ministerio de Educación costarricense continúa organizando y documentando desfiles y concursos de faroles elaborados por estudiantes, incluidos programas recientes que promueven el uso de materiales reutilizables.

Eso cambia nuestra lectura del objeto.

El valor del farol no depende únicamente de su resultado formal. También reside en el proceso de hacerlo, llevarlo y mostrarlo junto con otros.

Objeto
Farol construido manualmente.
Acción
Caminar y mostrarlo públicamente.
Escala
Muchas piezas forman un paisaje de luz.
Sentido
Memoria cívica, educación y comunidad.

Para nuestra investigación aparece aquí una primera enseñanza latinoamericana:

El objeto puede ser importante no porque sea técnicamente perfecto, sino porque su construcción permite participar.

Una lámpara contemporánea inspirada en esta lógica podría conservar la posibilidad de ser armada, reparada o intervenida por quien la utiliza. La participación puede ser también una propiedad del diseño.

Brasil: geometría, color y suspensión en las Festas Juninas

En Brasil, las Festas Juninas transforman durante junio escuelas, plazas, calles, salones y patios mediante banderines, telas, estructuras suspendidas y una enorme cantidad de color. Entre sus imágenes recurrentes aparecen los balões juninos, cuerpos geométricos de papel asociados visualmente con estas celebraciones.

Una guía de taller publicada por la Fundação Cultural do Pará describe versiones construidas con papel de seda y estructuras ligeras de alambre fino o varillas de bambú. Lo que nos interesa aquí es la lógica del objeto decorativo: una piel de papel tensada sobre un esqueleto mínimo que puede colgarse y leerse a distancia.

Balão asociado con una Festa Junina brasileña
Balão de Festa Junina documentado en Brasil. La imagen se incluye como referencia cultural y formal; nuestra investigación se limita a versiones decorativas suspendidas y no propone dispositivos voladores con llama. Fotografía: Fabiana Dias Canzian · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons.

A diferencia de la sobriedad que a menudo se atribuye —de manera simplificada— a las lámparas japonesas, aquí el papel suele presentarse como color intenso, patrón, contraste y acumulación.

La estructura puede ser ligera, pero la imagen no pretende desaparecer.

Esto resulta especialmente útil para nuestra futura lámpara porque cuestiona una asociación automática:

traslúcido no significa necesariamente neutro.

Una membrana puede filtrar luz y, al mismo tiempo, construir color. Los segmentos de papel pueden dividir el volumen como si fueran vitrales blandos. Las costillas pueden funcionar como fronteras entre áreas cromáticas.

La geometría del balão nos ofrece así una segunda enseñanza:

Una estructura ligera puede ser también una retícula para organizar color.

En nuestro proyecto no necesitamos reproducir la forma de un balão. Podemos aprender de su segmentación, de la suspensión y de la manera en que muchas superficies cromáticas convierten un esqueleto sencillo en un objeto visualmente intenso.

Colombia: la luz pequeña que transforma una calle

En Colombia, la noche del 7 de diciembre y la madrugada del 8 se relacionan con el Día de las Velitas, tradición vinculada con la víspera de la Inmaculada Concepción y convertida con el tiempo en una celebración familiar y colectiva que marca el comienzo de la temporada navideña.

Instituciones culturales colombianas describen calles, casas, balcones, plazas y espacios públicos iluminados con velas y faroles. En muchos lugares, la fuerza de la celebración no depende de un objeto monumental, sino de la repetición de pequeñas fuentes luminosas.

Celebración del Día de las Velitas en la región andina de Colombia
Celebración del Día de las Velitas en la región andina colombiana. Una pequeña fuente de luz adquiere otra dimensión cuando forma parte de una práctica colectiva. Fotografía: Barelyok · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons.

La operación espacial es distinta a la de una gran luminaria.

Una vela es pequeña.

Un farol puede ser pequeño.

Pero cientos de puntos luminosos comienzan a dibujar fachadas, escaleras, banquetas, patios y recorridos.

La suma produce arquitectura.

Este fenómeno nos interesa porque introduce una alternativa a la obsesión por el objeto único. Quizá una pieza no necesita resolver por sí sola toda la experiencia. Puede estar pensada para convivir con otras, repetirse o producir agrupaciones.

La tercera enseñanza sería:

La escala también puede construirse mediante repetición.

Una lámpara pequeña puede transformarse completamente cuando aparece en serie. Diez volúmenes suspendidos pueden construir un techo. Cinco cuerpos de diferente altura pueden convertirse en un pequeño paisaje. Una familia de piezas puede generar más posibilidades que una única forma monumental.

Tres ejemplos, tres operaciones

Hasta aquí no hemos encontrado “la Akari latinoamericana”. Y eso es precisamente lo importante.

Contexto Operación que nos interesa Lo que podemos aprender
Costa Rica Construcción participativa El hacer forma parte del significado.
Brasil Segmentación, suspensión y color La membrana puede ser gráfica, no solo neutra.
Colombia Repetición de pequeñas luces La acumulación también construye espacio.

Ahora podemos acercarnos a México con una pregunta más precisa.

No buscamos únicamente una tradición donde exista luz dentro del papel.

Buscamos una práctica donde el papel sepa construir cuerpo.

México: cuando el papel deja de ser superficie y se vuelve personaje

En México existe una enorme diversidad de prácticas relacionadas con papel: papel amate, papel picado, piñatas, juguetes, máscaras, judas, calaveras, toritos, muñecas y figuras festivas. Para nuestra investigación, sin embargo, hay una técnica particularmente fértil: la cartonería.

La Secretaría de Cultura registra dentro de esta rama materiales como periódico, papel estraza, engrudo, pintura, carrizo y, según la pieza, estructuras internas que permiten producir cuerpos de mayor tamaño. El Museo Nacional de Culturas Populares describe igualmente mojigangas construidas mediante grandes estructuras de carrizo y cartón, vinculadas con fiestas, procesiones y celebraciones comunitarias.

Esto nos coloca ante una inteligencia material distinta de la que observamos en Japón.

En un farol, el papel suele funcionar como membrana que modula la luz.

En la cartonería, el papel puede adquirir espesor, modelarse por capas y convertirse en volumen narrativo.

Figura de alebrije elaborada mediante cartonería mexicana
Cartonería mexicana: el papel deja de funcionar únicamente como superficie y participa en la construcción de un cuerpo figurativo. Fotografía: Ariadne Delgado · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons.

La cartonería como arquitectura de papel

La palabra “cartonería” puede hacer pensar en un material grueso y pesado, pero gran parte de su potencia proviene precisamente de combinar materiales baratos y ligeros de manera estratégica.

Las figuras pueden construirse mediante moldes, capas de papel y engrudo o mediante estructuras internas de carrizo y alambre cuando la escala o la geometría lo requieren. El cuerpo final es hueco o relativamente ligero en comparación con su tamaño.

Desde el punto de vista estructural aparece una idea cercana a nuestros faroles:

una gran presencia puede obtenerse con poca masa.

Pero el resultado cultural y visual es diferente.

La cartonería mexicana tiende a aceptar con enorme facilidad:

  • la figuración;
  • el humor;
  • la monstruosidad;
  • el color intenso;
  • la caricatura;
  • la narración;
  • el movimiento;
  • la escala pública.

El objeto no necesita retirarse visualmente para dejar que aparezca la atmósfera. Puede reclamar atención.

Mojigangas: cuando la estructura aprende a caminar

Las mojigangas vuelven especialmente visible esta relación entre estructura, papel y cuerpo.

El Museo Nacional de Culturas Populares las describe como grandes estructuras de carrizo y cartón que forman parte de celebraciones comunitarias. Muchas se construyen para que una persona pueda entrar en ellas y desplazarlas.

La estructura deja entonces de ser únicamente soporte.

Debe negociar con un cuerpo humano.

Necesita peso controlado, equilibrio, espacio interior y una manera de transmitir movimiento hacia una superficie exterior.

Mojiganga mexicana de gran escala
Mojiganga en Zacualpan de Amilpas, Morelos. En estas piezas el cuerpo de papel y carrizo se relaciona directamente con el movimiento de una persona. Fotografía: Marianabece96 · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons.

Esta operación es profundamente escultórica.

No estamos frente a un cuerpo que simplemente ocupa espacio.

Estamos frente a una arquitectura ligera que puede ser habitada temporalmente y que adquiere vida cuando alguien la mueve.

Para nuestras lámparas esto abre una pregunta inesperada:

¿la estructura podría responder al cuerpo aunque nadie entre dentro de ella?

Podría cambiar de orientación. Podría plegarse. Podría girar. Podría construirse mediante módulos que se desplazan. Incluso una lámpara completamente estática puede diseñarse pensando en la escala corporal de quien camina alrededor.

Del alebrije pequeño al cuerpo monumental

La cartonería muestra además una facilidad extraordinaria para cambiar de escala.

Una figura puede sostenerse entre las manos o crecer hasta convertirse en un volumen de varios metros. Los desfiles de alebrijes monumentales en Ciudad de México hacen especialmente visible ese cambio: formas fantásticas que normalmente asociaríamos con objetos de mesa se transforman en cuerpos capaces de ocupar una avenida.

Alebrije monumental de cartonería durante un desfile en Ciudad de México
Alebrije monumental durante el desfile de 2015 en Ciudad de México. La cartonería permite que una estructura relativamente ligera adquiera escala urbana. Fotografía: Carl Campbell · licencia Creative Commons · Wikimedia Commons.

La lección vuelve a parecerse a la de Noguchi y, al mismo tiempo, produce un resultado completamente diferente.

En ambos casos, el volumen puede ser grande sin depender de una masa equivalente.

Pero donde una Akari puede buscar una presencia atmosférica, una figura de cartonería puede buscar personaje, gesto y exuberancia.

Dos inteligencias que no necesitamos fusionar por completo

Llegados a este punto sería fácil intentar fabricar una síntesis decorativa:

“hagamos una Akari con colores mexicanos”.

Pero eso sería precisamente lo menos interesante.

La relación que buscamos puede formularse de otra manera.

Una inteligencia del farol

Ligereza, membrana, transparencia, vacío, repetición estructural, luz filtrada.

Una inteligencia de la cartonería

Cuerpo, modelado, alambre y carrizo, color, personaje, escala festiva, transformación narrativa.

No necesitamos que una desaparezca dentro de la otra.

Podemos permitir que exista tensión entre ambas.

La luz como atmósfera; el papel como cuerpo

Quizá la formulación más fértil para nuestra investigación sea esta:

De la tradición japonesa nos interesa aprender cómo el papel puede vestir la luz. De la cartonería mexicana, cómo el papel puede construir un cuerpo.

Una futura pieza puede encontrarse justamente en ese cruce.

La estructura puede dibujarse en alambre.

El papel puede tensarse en algunas zonas y modelarse por capas en otras.

Algunas superficies pueden ser casi blancas para dejar pasar la luz.

Otras pueden bloquearla y convertirse en siluetas.

El color puede aparecer únicamente en ciertos fragmentos.

El esqueleto puede ocultarse en una zona y permanecer expuesto en otra.

La iluminación puede revelar una imagen diferente a la que observamos con la pieza apagada.

No estamos obligados a elegir entre lámpara y figura.

Lo latinoamericano no es una decoración

Esta investigación también obliga a evitar otra simplificación.

Así como en el artículo anterior cuestionamos la reducción de Japón a “zen, beige y minimalismo”, tampoco tendría sentido reducir América Latina a “color, fiesta y exuberancia”.

Las tradiciones que acabamos de observar son diferentes entre sí. Un desfile cívico costarricense, una Festa Junina brasileña, la Noche de las Velitas colombiana y la cartonería mexicana no forman un único lenguaje visual latinoamericano.

Lo que comparten para nuestros fines es algo más modesto:

la capacidad de utilizar materiales accesibles para producir experiencias colectivas.

El papel puede ser barato y, sin embargo, culturalmente intenso.

La fragilidad no impide que un objeto tenga presencia.

La participación puede importar tanto como la perfección.

Cuatro ideas que llevaremos al taller

Después de esta búsqueda podemos extraer cuatro principios antes de comenzar la reinterpretación:

  1. Participación. Un objeto puede estar diseñado para ser armado, reparado o intervenido.
  2. Color estructural. El color puede organizar la membrana, no limitarse a decorar la superficie después.
  3. Repetición. Varias piezas pequeñas pueden construir una experiencia espacial mayor.
  4. Cuerpo. El papel puede pasar de membrana a volumen modelado y relacionarse con la escala humana.

Estos principios no nos dicen todavía cómo debe verse la lámpara.

Y eso es bueno.

Una investigación útil no debería terminar con una forma inevitable. Debería ampliar el número de decisiones que podemos tomar con conciencia.

Hacia la reinterpretación

Después de tres artículos hemos recorrido una distancia considerable.

Comenzamos con el farol japonés como una estructura que filtra luz.

Observamos después cómo Noguchi convirtió esa tecnología en un lenguaje escultórico.

Ahora encontramos en América Latina otros modos de relacionar papel, estructura, color, fiesta, repetición y cuerpo.

El siguiente paso ya no consiste en seguir acumulando referencias.

Hay que construir.

En la última entrega de esta serie vamos a establecer las reglas de nuestra propia reinterpretación: qué tomaremos de estas tradiciones, qué dejaremos fuera, por qué utilizaremos alambre, qué papel necesitamos, cómo entra la luz y qué prototipos pueden ayudarnos a descubrir una forma que todavía no conocemos.

La pregunta final no será “¿cómo hacemos una lámpara japonesa en México?”, sino “¿qué puede aprender una estructura de alambre y papel cuando deja que varias tradiciones le enseñen a pensar sin obligarlas a convertirse en la misma cosa?”.

Fuentes y créditos

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