Lo político y social del futbol


Entre el espectáculo, el barrio y el derecho a jugar

El futbol suele presentarse como el juego más democrático del mundo. Para comenzar una cascarita no siempre se necesita una cancha reglamentaria, un uniforme o un balón profesional. Dos piedras pueden convertirse en portería; una calle puede funcionar como campo; una pelota desgastada puede sostener el juego durante años.

Esa accesibilidad ayuda a explicar su enorme arraigo popular. Pero también puede ocultar una contradicción: aunque casi cualquiera puede jugar, no todas las personas acceden a las mismas instalaciones, oportunidades, recursos o espacios de representación.

El futbol puede reunir a una comunidad y reproducir sus desigualdades. Puede ser una práctica colectiva y una industria privada. Puede ofrecer una vía excepcional de movilidad social y, al mismo tiempo, sostener el mito de que el éxito depende únicamente del talento individual.

Por eso hablar de futbol también es hablar de clase, territorio, género, identidad, poder y derecho al espacio público.

El futbol no existe fuera de la sociedad. La representa, la exagera y, en ocasiones, permite transformarla.

El juego de todos y el negocio de pocos

Una de las frases más repetidas alrededor de este deporte sostiene que “el futbol es del pueblo”. La afirmación tiene una base real: gran parte de su fuerza proviene de quienes lo practican, lo miran, lo narran y transmiten su afición entre generaciones.

Los clubes, torneos y organizaciones internacionales no inventaron por sí solos ese vínculo. Su economía se sostiene sobre una cultura previa: el deseo colectivo de jugar y observar el juego.

Sin embargo, que el futbol sea culturalmente popular no significa que los beneficios económicos producidos a su alrededor se distribuyan de manera equivalente.

Los derechos de transmisión, los patrocinios, la publicidad, la propiedad de los clubes, las licencias y la venta de mercancías concentran grandes cantidades de dinero en un número limitado de instituciones y empresas. Mientras tanto, muchas de las personas que sostienen la base social del deporte juegan en espacios deteriorados, pagan por utilizar canchas privadas o no cuentan con instalaciones públicas adecuadas.

Rodrigo Dosal Ulloa y Lluís Capdevila Ortís advierten que el deporte no produce inclusión automáticamente. Cuando se organiza principalmente desde una lógica mercantil, puede reproducir las diferencias económicas existentes y privilegiar el espectáculo de alta rentabilidad sobre el bienestar colectivo.

El estadio televisado muestra una superficie impecable. La práctica cotidiana, en cambio, depende con frecuencia de canchas sin mantenimiento, terrenos improvisados, trabajo comunitario y recursos aportados por las propias familias.

Existe, entonces, una distancia entre el futbol como imagen global y el futbol como infraestructura local.

El futbol no borra la clase

El lenguaje deportivo suele prometer igualdad: una vez que comienza el partido, cada jugador será juzgado por su rendimiento. En teoría, el talento puede aparecer en cualquier barrio y abrir oportunidades que otros espacios sociales mantienen cerradas.

Pero la cancha no borra las diferencias anteriores al juego.

La alimentación, el tiempo libre, la atención médica, el acceso a entrenamiento, el transporte, los contactos y la posibilidad de participar en torneos dependen de las condiciones económicas de cada familia. Dos personas pueden compartir talento, pero no necesariamente cuentan con los mismos medios para desarrollarlo.

Incluso cuando un jugador de origen popular alcanza fama y estabilidad económica, la clase social no desaparece de inmediato. Puede mantenerse en el lenguaje, el cuerpo, los gestos, la manera de vestir y la forma de relacionarse públicamente.

El antropólogo Roger Magazine analiza esta tensión a partir de la figura de Cuauhtémoc Blanco. Su popularidad y el rechazo que produjo en ciertos sectores no pueden explicarse sólo mediante sus resultados deportivos. También intervienen sus modales, su origen social y su resistencia a adoptar completamente las formas de comportamiento asociadas con las élites.

El caso muestra que ascender económicamente no garantiza ser aceptado culturalmente.

El futbol puede ofrecer movilidad, pero esa movilidad permanece vigilada. A algunos jugadores se les exige demostrar que merecen el éxito y, además, modificar la manera en que hablan, celebran o se presentan ante los medios.

El futbol no borra la clase: muchas veces la dramatiza.

La promesa de salir de la pobreza

En numerosos barrios, el futbol aparece como una posibilidad de futuro. Niños y jóvenes imaginan que una carrera profesional podría mejorar las condiciones de toda su familia. Esa expectativa no es completamente falsa: existen jugadores que han transformado radicalmente su situación económica mediante el deporte.

Sin embargo, se trata de trayectorias excepcionales.

Por cada futbolista que llega a una liga profesional, miles quedan fuera de los procesos de selección, abandonan por falta de recursos, enfrentan lesiones o descubren que el talento no basta para ingresar a una estructura extremadamente competitiva.

El problema no está en desear una carrera deportiva. El problema aparece cuando la excepción se presenta como solución general para la desigualdad.

El relato del jugador que “salió del barrio” puede inspirar, pero también desplazar la responsabilidad social hacia el individuo. Bajo esa lógica, quien no logra escapar parecería no haberse esforzado lo suficiente, aunque las oportunidades iniciales fueran profundamente distintas.

La promesa deportiva puede convertirse así en una pedagogía del mérito: se enseña que cualquiera puede triunfar, pero se habla menos de las estructuras que deciden quién tiene entrenamiento, visibilidad, representación y tiempo para intentarlo.

El futbol permite imaginar otra vida. No garantiza que esa vida sea accesible para todos.

Barrio, calle y potrero


El futbol popular no es solamente una versión incompleta del futbol profesional. Tiene sus propias reglas, conocimientos y formas de organización.

En la calle se aprende a calcular el paso de los automóviles, adaptar los límites del campo, negociar con vecinos y detener el partido cuando alguien atraviesa el espacio. En el potrero se juega sobre superficies irregulares que exigen otro control del cuerpo. En la cancha barrial se forman equipos, rivalidades, redes de amistad y acuerdos comunitarios.

Estos espacios no sólo contienen el juego. Son transformados por él.

Mauricio Hernández Bonilla, en su estudio sobre espacios públicos periféricos en Xalapa y Veracruz, analiza cómo las intervenciones deportivas pueden modificar la percepción, apropiación y uso colectivo de determinadas zonas urbanas. Una cancha puede convertirse en un punto de encuentro y aumentar la permanencia de las personas en un lugar que antes se percibía como abandonado o inseguro.

Pero ocupar el espacio también genera conflictos.

La pelota produce ruido, atraviesa límites, interrumpe circulaciones y enfrenta distintas ideas sobre cómo debe utilizarse la calle. El partido improvisado negocia continuamente su derecho a existir frente a automóviles, comercios, autoridades y otros habitantes.

El futbol callejero revela que el espacio público no es neutral. Siempre se encuentra organizado por reglas explícitas o implícitas acerca de quién puede permanecer, hacer ruido, reunirse o jugar.

Convertir una calle en cancha es también una manera temporal de disputar su función.

¿Quién tiene derecho a ocupar la cancha?


La imagen tradicional del futbol barrial suele estar dominada por hombres y niños. Durante mucho tiempo, la calle, la cancha y el potrero fueron construidos simbólicamente como espacios masculinos.

Esta distribución no dependió de una prohibición única. Se sostuvo mediante burlas, falta de instalaciones, horarios inseguros, escasa representación mediática y la idea de que el futbol femenino era una imitación menor del juego masculino.

Por eso, cuando mujeres y niñas entran a la cancha, no sólo participan en un deporte. También cuestionan la manera en que se ha repartido el espacio público.

María Alejandra Litke estudia este proceso en “Ciudadanas del potrero”, una investigación sobre futbol feminista en la Villa 31 de Buenos Aires. El potrero aparece allí como un territorio donde se negocian pertenencia, seguridad, visibilidad y derecho a la ciudad.

Jugar significa hacerse presente en un espacio donde antes no se esperaba encontrarlas.

Los avances son importantes, pero las desigualdades continúan. En su informe global de 2023, la FIFA señaló que el número de mujeres y niñas en el futbol organizado había alcanzado aproximadamente 16.6 millones. También reportó que una mayoría significativa de sus asociaciones miembro contaba ya con estrategias para desarrollar el futbol femenino.

Sin embargo, la presencia de mujeres disminuía en los puestos de decisión, entrenamiento y arbitraje. Esto muestra que aumentar el número de jugadoras no transforma automáticamente las estructuras de poder.

No basta con permitir que las mujeres entren al campo. También es necesario preguntar quién entrena, quién dirige, quién arbitra, quién administra los recursos y quién aparece en las transmisiones.

La cancha es un espacio de juego, pero también una escena de representación social.

La identidad colectiva y sus riesgos

El futbol puede crear un sentimiento intenso de pertenencia. Los colores de un club o una selección permiten que personas desconocidas se reconozcan temporalmente como parte del mismo grupo.

Esa identificación puede producir solidaridad, memoria y celebración colectiva. También puede reforzar nacionalismos, rivalidades violentas y formas de exclusión.

Durante un partido internacional, la selección suele presentarse como representación de toda una nación. Sin embargo, ningún equipo puede contener la diversidad social completa de un país. La camiseta produce una imagen de unidad que durante noventa minutos suspende diferencias regionales, económicas y políticas, pero no las elimina.

El futbol puede hacer visible una comunidad y, al mismo tiempo, simplificarla.

Algo similar ocurre con los clubes. Para muchas personas, el equipo forma parte de una identidad familiar o territorial. El escudo puede condensar historias obreras, migratorias o barriales. Pero esa identidad también puede ser convertida en producto, administrada por empresas y utilizada para justificar hostilidad frente a otros grupos.

Lo popular no es automáticamente justo.

Una afición puede organizar apoyo comunitario y también reproducir racismo, homofobia o violencia. El carácter colectivo del futbol contiene ambas posibilidades.

Jugar con lo que se tiene


A pesar de estas contradicciones, el futbol conserva una capacidad particular para comenzar desde casi nada.

Cuando no hay balón reglamentario, se utiliza otro objeto. Cuando no existe cancha, se inventan límites. Cuando falta uniforme, los equipos se distinguen mediante colores, prendas o acuerdos momentáneos.

Este gesto de improvisación es profundamente político porque demuestra que el juego no depende por completo de la institución.

Las organizaciones pueden controlar campeonatos, marcas y derechos de transmisión, pero no pueden monopolizar el impulso de convertir un espacio disponible en cancha.

En ese sentido, la cascarita contiene una forma mínima de autonomía. Los jugadores establecen reglas, resuelven disputas y producen temporalmente una comunidad.

Esto no significa idealizar el barrio o la precariedad. Jugar con pocos recursos puede demostrar creatividad, pero no vuelve innecesaria la exigencia de espacios dignos, seguros y accesibles.

La improvisación popular no debe utilizarse como excusa para abandonar la infraestructura pública.

Un balón hecho desde la base social

Dentro de este contexto, un balón construido con tortillas de maíz no representa solamente una sustitución de materiales.

La tortilla remite a la alimentación cotidiana, al trabajo, al precio de los productos básicos y a la economía de las familias. El balón remite al juego, al espectáculo y a la promesa de movilidad social.

Cuando ambos elementos se unen, aparece una fricción.

El objeto central de una industria multimillonaria es reconstruido mediante el alimento que ocupa un lugar central en la vida de buena parte de la población mexicana. La forma del futbol profesional permanece, pero su material la devuelve a la cocina, al mercado, al barrio y al cuerpo que necesita alimentarse antes de jugar.

La pieza no afirma que el futbol pertenezca exclusivamente al pueblo ni que todo lo institucional sea ajeno a la comunidad. Tampoco propone que la pobreza sea creativa por naturaleza.

Su potencia surge de mantener abierta la contradicción.

El balón puede ser mercancía y objeto comunitario. Puede representar una posibilidad de ascenso y recordar las desigualdades de origen. Puede ocupar el estadio y nacer nuevamente en la calle.

El maíz no decora el balón: lo sitúa socialmente.

El futbol como espacio en disputa

Preguntar si el futbol pertenece a las instituciones o a la gente produce una respuesta incompleta. Pertenece a ambos, pero no de la misma manera.

Las instituciones controlan competiciones, recursos, reglamentos y visibilidad. La gente sostiene la práctica, la memoria, el lenguaje y el deseo que hacen posible todo lo demás.

Entre esas dos fuerzas existe una negociación constante.

Por eso el futbol es político incluso cuando no transmite un mensaje partidista. Es político porque organiza cuerpos, distribuye espacios, establece jerarquías, produce identidades y administra oportunidades.

También es político porque puede ser reapropiado.

Cada vez que una calle se convierte en cancha, que un grupo antes excluido ocupa el terreno de juego o que un objeto cotidiano se transforma en balón, las fronteras del deporte vuelven a discutirse.

El futbol no es únicamente el partido que aparece en la pantalla. Es también la disputa por quién puede jugar, quién puede mirar, quién puede decidir y quién obtiene valor de todo aquello que el juego pone en movimiento.


Fuentes consultadas

Dosal Ulloa, Rodrigo y Lluís Capdevila Ortís. “Exclusión social y deporte”. Investigación Económica, vol. 75, núm. 297, 2016, pp. 155–168. El artículo analiza cómo el deporte puede reproducir desigualdades económicas cuando se subordina al espectáculo y la rentabilidad.
https://www.scielo.org.mx/pdf/ineco/v75n297/0185-1667-ineco-75-297-00155.pdf

Magazine, Roger. “El más querido y el más odiado: Cuauhtémoc Blanco, el trickster y la movilidad social”. Estudios Sociológicos, vol. 40, núm. 119, 2022. Estudia la relación entre clase, conducta pública y movilidad social mediante una figura central del futbol mexicano.
https://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S0188-70172022000200125&script=sci_arttext

Hernández Bonilla, Mauricio. “Revitalización de espacios públicos periféricos a través del deporte en las ciudades de Xalapa y Veracruz, México”. Investigación sobre el impacto del deporte en la apropiación, percepción y uso de espacios urbanos periféricos.
https://www.redalyc.org/journal/6297/629774664017/html/

Litke, María Alejandra. “Ciudadanas del potrero. Los sentidos generizados de lo público en el fútbol feminista de la Villa 31”. Runa, vol. 44, núm. 1, 2023. Analiza el futbol feminista como una práctica de apropiación y disputa del espacio público.
https://www.redalyc.org/journal/1808/180875592004/html/

FIFA. “Women’s Football: Member Associations Survey Report 2023”. Informe sobre participación, estructuras institucionales y desarrollo del futbol femenino en las asociaciones miembro.
https://inside.fifa.com/womens-football/news/fifa-releases-global-womens-football-landscape-survey-report

FIFA. “Women’s Football Campaign”. Programa enfocado en la creación de oportunidades de juego de base y espacios de participación para mujeres y niñas.
https://inside.fifa.com/womens-football/development-programmes/womens-football-campaign-programme


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