Encomio a la mosca: Luciano de Samosata y la incómodidad de la mosca
Hay animales que casi nadie quiere mirar de frente. La mosca es uno de ellos. No despierta la nobleza del caballo, ni la fragilidad poética de la mariposa, ni la disciplina admirable de la abeja. La mosca interrumpe, insiste, se posa donde no debe, roza lo doméstico y lo corrupto al mismo tiempo. Quizá por eso resulta tan desconcertante que, en la Antigüedad, Luciano de Samosata le dedicara un texto completo de alabanza: el Elogio de la mosca, también conocido como The Fly o Muscae Encomium.
Luciano, escritor satírico del siglo II, fue un autor especialmente hábil para moverse entre la ironía, la exhibición retórica y la burla inteligente. La crítica moderna suele insistir en esa condición escurridiza: escribe con brillantez, pero nunca deja del todo claro cuánto habla en serio y cuánto está jugando con las expectativas de su lector. Ese carácter ambiguo es fundamental para entender el Elogio de la mosca. No se trata simplemente de una defensa literal del insecto, sino de una demostración de que la palabra puede alterar la jerarquía de las cosas.Los estudios sobre Luciano suelen clasificar este texto como un “encomio paradójico”: una pieza retórica en la que se elogia algo aparentemente indigno de elogio. En otras palabras, el reto no consiste en alabar lo admirable, sino en volver admirable aquello que normalmente se considera trivial, molesto o despreciable. Justamente por eso el texto ha sido recordado durante siglos: no tanto por la mosca en sí, sino por la operación intelectual que realiza sobre ella.
Lo fascinante es que Luciano no empieza desde la abstracción, sino desde la observación. Describe el cuerpo de la mosca, sus alas translúcidas, el brillo cambiante que aparece cuando les da la luz, la movilidad de su cabeza, la fuerza de su pequeño cuerpo y hasta la cualidad particular de su zumbido. En vez de presentarla como una simple peste doméstica, la vuelve un ser digno de atención minuciosa. Allí ocurre algo muy importante: la mosca deja de ser solo una presencia irritante y se convierte en un objeto de mirada. Antes de ser símbolo, es forma; antes de ser repulsión, es detalle.
Ese gesto cambia por completo nuestra relación con el insecto. Porque la mosca no es bella en un sentido ideal o decorativo; su potencia está en obligarnos a reconsiderar qué merece ser mirado. Luciano toma un ser asociado con la suciedad y la insistencia, y lo desplaza hacia el terreno de la atención estética y el ingenio verbal. La operación no elimina su condición incómoda; más bien la vuelve productiva. La mosca sigue siendo molesta, pero ahora también es un problema para la mirada y para el lenguaje.
También hay en este texto una dimensión de juego que no debe confundirse con superficialidad. Ya desde comienzos del siglo XX, algunos estudiosos señalaron que El elogio de la mosca pertenece a esas formas breves en las que Luciano exhibe su madurez como sofista y escritor, aprovechando una materia mínima para desplegar un máximo de ingenio. La aparente ligereza del asunto es precisamente la prueba de su destreza: si se puede volver memorable a una mosca, entonces la retórica ha demostrado su poder.
Pero el texto no se agota en la destreza verbal. También deja ver algo que será central para esta serie de entradas: la mosca tiene una capacidad muy extraña para habitar el borde entre categorías. Es mínima, pero insistente. Es cotidiana, pero perturbadora. Es vulgar, pero difícil de ignorar. Puede ser motivo de risa, de asco, de observación científica o de especulación simbólica. Quizá por eso ha sobrevivido tan bien en la historia cultural: aparece en la literatura, en la pintura, en la religión, en la medicina, en el cine y en el arte contemporáneo como una figura que nunca termina de fijarse del todo.
En ese sentido, volver a Luciano hoy no es un capricho erudito. Es regresar a uno de los primeros momentos en que la mosca deja de ser solo un insecto y se convierte en un dispositivo cultural. Con ella puede ponerse en juego la ironía, la observación, la inversión de valores y hasta una crítica de nuestras jerarquías estéticas. ¿Por qué unas criaturas nos parecen dignas de contemplación y otras no? ¿Qué tiene que pasar para que aquello que rechazamos empiece a adquirir espesor simbólico? ¿Cuánto depende esa transformación de la mirada, y cuánto del lenguaje?
No es casual que la tradición posterior haya seguido regresando a esta forma de elogiar lo mínimo o lo indigno. La huella de Luciano fue amplia en la cultura europea, y su manera de jugar con el elogio paradójico ayudó a fijar un modo de escritura que después resonaría en obras satíricas del Renacimiento, incluida la tradición que desemboca en textos como el Elogio de la locura de Erasmo, escrito “a la manera y en el espíritu” de un discurso lucianesco. No porque todos esos textos hablen de moscas, sino porque comparten la intuición de que invertir los valores aceptados puede revelar mejor su fragilidad.
Tal vez ahí esté una de las razones más actuales para leer el Elogio de la mosca: nos obliga a pensar que lo despreciado no siempre carece de valor; a veces carece, simplemente, de una forma de ser leído. Luciano se la dio. Le otorgó a la mosca una dignidad incómoda, no para limpiarla de su ambigüedad, sino para demostrar que incluso en lo mínimo, lo molesto y lo impuro puede abrirse una zona de pensamiento. Y quizá desde ahí comienza una historia mucho más larga: la de todas las veces en que la mosca ha vuelto a aparecer, no como ruido de fondo, sino como una presencia cargada de sentido.


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